Primer premio del Concurso de

Cuentos de Américas

Al pie de la letra

Cuento por Hugo Fuentes Millán Ilustrado por Diane Cameron-McCauley

Fernando Larraín Moreno, constructor civil, 46 años, casado, dos hijos, necesitaba de un soldador para la obra que estaba dirigiendo. Le dieron una dirección y hacia allá se encaminó en su camioneta como a las nueve de la mañana. La explicación fue bastante clara:

-Una callecita corta que está a la altura del número 8.300 de la calle Colón.

Iba un tanto distraído pensando en lo que haría si no encontraba este soldador, ya que la obra estaba un poco atrasada y las multas eran más o menos altos. Repentinamente se enfrentó a una calle que no tenía nombre visible, sólo un letrero muy bien pintado que decía: Calle sin salida.

-Ésta debe ser-se dijo.

Al entrar en la calle vio a una de esos guardias privados que usan un atractivo uniforme color cielo que lo saludaba aproximando la mano derecha a la visera. Seguramente resabios de una antigua vida militar. La calle tenía como una cuadra de extensión, quizás un poco más, y parecía ser parte de un barrio bastante animado, ya que se veían numerosos grupos de personas conversando en las puertas o en los jardines, otros simplemente reunidos en la vereda. Fernando la recorrió de punta a punta y no encontró el número que le habían dada. Se decidió a preguntar a alguien. Eligió una de los grupos que estaba cerca de la vereda y se acercó:

-¿Dónde queda el número 332?

-No existe ese número en esta calle ­ fue la respuestas,

-¿Y no conocen al maestro?

­No, no hay nadie de ese nombre en esta calle.

Bueno, pensó Fernando, debe ser alguna otra calle cercana, y enfiló su camioneta hacia la salida. Cuando se acercaba al guardia que lo había saludado tan amablemente al entrar vio que éste hacía un gesto de extrañeza y se acercaba a hablarle.

­¿Adónde va?

A Fernando le pareció bastante extraño el tono de la pregunta, sin embargo le respondió:

-No encontré el número que buscaba, así es que voy a seguír buscando.

-¿Y cree que es llegar y salir. . .?

-No lo entiendo -respondió extrañado Fernando-. ¿Qué quiere decir con eso?

-¿Que no vio el letrero?

­¿Cuál?

-Ese que está bien clarito a la entrada: Calle sin salida.

-Pero, ¿qué tiene eso que ver? ­ Ya la situación estaba molestando bastante a Fernando y esta última pregunta la hizo en un tono mas bien áspero.

-Mire, señor, si ahí dice que no se puede salir, es porque no se puede salir. Si es una "Calle sin salida", es porque no tiene salida. ­ También el guardia parecía estarse molestando con el tono de la discusión.

Fernando no podía creer lo que estaba escuchando. Pensó que se trataba de alguno de esos tantos locos que abundan hoy en día por las calles. Aceleró el vehículo y enfiló hacia la salida. Al llegar junto al discutido letrero, el motor se detuvo como si hubiera cerrado el contacto. Trató de girar la llave pero... no estaba cerrado. Golpeó con rabia el volante e hizo un nuevo intento de echar a andar el motor. El guardia, que lo había estado observando desde cierta distancia con algo de sorna en la mirada, se le acercó y, agachándose perezosamente sobre la ventanilla, le advirtió con tono irónico:

-Ya le había dicho que no se puede salir. El letrero es bien clarito: esta calle no tiene salida.

-Pero eso es absurdo-replicó Fernando-, yo tengo que salir.

Ahora en su voz se percibía un deja de angustia, parecía estar tomando conciencia de que todo esto no era producto de la mentalidad de un loco, ni era una broma pesada.

-¿Cómo es eso que no se puede salir? Alguien tiene que salir de aquí.

-Que yo sepa, desde que pusieron ese letrero y me pusieron aquí, nadie ha salido, y si alguien entra aquí, por equivocación como usted, no vuelve a salir y tiene que resignarse a vivir en esta calle por el resto de sus días.

Ya esto era demasiado para Fernando. Puso !a camioneta en marcha atrás y entonces el motor echó a andar sin problemas. Retrocedió hasta el fondo de la calle.

Cuando el vehículo se detuvo cerca de las últimas cases de la calle, la mirada de Fernando recorrióo los grupos de personas que se veían en diferentes actitudes. Eso que al principio le había parecido tan natural, ahora se veía un tanto extraño. La gente no actuaba con naturalidad; parecía estar esperando algo; conversaban, pero sus temas no parecían de gran trascendencia; algunos son reían pero lo hacían mecánicamente, como pensando en otra cosa; otros parecían estar sumidos en hondas cavilaciones mientras aparentaban escuchar a su interlocutor. Entonces, como un repentino estallido se produjo dentro de la mente de Fernando y comprendió: estaban matando el tiempo. Bajó de su vehículo y se dirigió a una viejecita que se entretenía arrancando algunas hierbecitas de entre las plantas de su jardín.

-Buenos días, señora.

-Buenos días, joven. ¿Usted es nuevo por aquí?

-Llegué recién. Buscaba a alguien y ahora me encuentro con que no puedo salir.

-Así es la cosa. Hay muchos que han llegado aquí igual que usted. Entran a algo o simplemente. por equivocación y ya no pueden salir más.

-¿Y qué hacen, entonces?

-Se quedan.

-¿Así, simplemente se quedan?

-Por supuesto, ¿y qué otra cosa podrán hacer? Yo recuerdo que tenía como 10 años cuando un día mi madre me dijo: "Vamos a ver a tu abuelita" Y llegamos aquí. Al entrar, mi madre me dijo: "Mire, pusieron un letrero nuevo". Y allí estaba ese letrero. Antes que lo pusieran se podía entrar y salir sin problemas, pero a alguien se le ocurrió esa idea "para poner un poco de orden", según explicó.

-Bueno, pero ¿desde entonces vive usted aquí?

-Claro, mi abuelita murió, mi madre también y . después yo me casé.

-¿Se casó? .. Pero, entonces, para eso tuvo que salir de aquí.

-No. Mi marido vivía aquí y el padre Pedro nos casó. Él vive allí, en la casa 220.

-¿Y desde cuándo vive ahí?

-Desde que se murió don Miguel, que era el anterior dueño de esa casa. El padre Pedro vino a darle la extremaunción y ya no pudo salir de aquí. Entonces ocupó la misma pieza del muerto y ya no volvió a irse. Fue como enviado de Dios, ya que no teníamos quien nos guiara. Así es que cuando estamos un poco deprimidos y la gente empieza a inquietarse, él nos reúne y nos habla de la paciencia con que debemos soportar nuestro paso por la tierra, ya que nos espera la dicha eterna en el más allá en donde recibiremos la recompensa por todos nuestros sufrimientos. Entonces la gente se tranquiliza y todo vuelve a ser como antes.

-Pero usted habla de muertos. ¿Y qué pasa con ellas?

-Tenemos bastante sitio detrás de la casa, así es que los enterramos ahi mismo. Así sus cuerpos no salen de aquí.

-Sus cuerpos no, pero... ¿y sus almas?

-El padre Pedro dice que sus almas se van al cielo y se liberan definitivamente.

En ese momento, algo llamó la atención de Fernando. Era una linea telefónica que llegaba hasta la casa de la anciana. Todo pareció iluminarse dentro de la obscura desesperación que ya parecía invadirle

-Usted tiene teléfono. ¿Podría usarlo?

-Claro que sí pero ..

En ese momento el sonido de una campanilla la interrumpió.

Era el teléfono que estaba llamando. Ese sonido le pareció a Fernando como una sinfonía de múltiples campanas que anunciaban la alegría del mundo. Era una comunicación. Podría llamar a alguien, a su esposa, a su socio, a quien pudiera venir en su ayuda.

-Un momentito-dijo la anciana-voy a atender el teléfono; pero pase, pase no más.

Fernando entró a aquella casa en donde el tiempo parecía haberse detenido. Los muebles eran muy antiguos y, aunque limpios y ordenados, parecían estarse derrumbando de a poco. La viejecita corrió al teléfono y lo levantó. Escuchó durante un rato mientras por su rostro, deformado por una mueca de alegría y angustia, corría un par de solitaries lágrimas. Luego colgó. No había dicho ni una solo palabra.

-¿Quién era?

-Mi hermana. Me contaba que mi sobrina Elisita acaba de terminar en la universidad. Ya es toda una doctora.

-Pero, ¿y usted no le dijo nada?

-¿Y qué le podría decir? En este teléfono se puede escuchar pero no sirve para hablar.

-¿Cómo que no sirve para hablar?

-No pues, porque entonces la voz estaría saliendo y eso sería desobedecer al letrero. Mi hermana me llama y cuando siente que descuelgo me cuenta las novedades, aunque casi siempre terminamos llorando las dos porque parece que cuando habla una sola es como si no se hablara nada.

-Entonces, ¿ya no puede llamar a nadie?

-Por supuesto que no. Ya se lo dije.

Parecía como si a Fernando el mundo se le hubiera derrumbado encima. Salió de aquella casa casi corriendo y una vez en la vereda quiso dirigirse hacia la salida de la calle, luego volvió hacia el fondo; quiso entrar a la camioneta, luego se arrepintió. Por fin, como si su cuerpo se desarmara, se dejó caer sentado en la orilla de la acera y Fernando Larraín Moreno, constructor civil, 46 años, casado, dos hijos, hundió la cabeza entre las rodillas y se echó a llorar. El hombre de azul cielo, que lo había estado observando desde su puesto en la entrada de la calle, movió la cabeza pensativamente y con cierta extrañeza, mientras se decía para sí:

"¿Cómo es posible que la gente sea tan extraña?

Así como se pusieron de acuerdo para colocar el letrero, ¿por qué no se unen y llegan a un acuerdo para sacarlo?"

Hugo Fuentes Millán vive en Talcahuano, Chile. Además de cuentos, ha escrito varias obras dramáticas durante un tiempo escribió por a la radioemisora de la Universidad de Concepción.


Hugo Fuertes Millán, "Al pie de la letra de la letra"

Study Questions:

  1. ¿Cuál es la trama del cuenta?

2. ¿Es el relate simbólico o realista? Explique con ejemplos.

3. ¿Es posible que el cuenta sea una alegoría? En cuyo case, ¿qué representa qué?

4. ¿Cómo se diferencia Fernando de los otros personajes?

5. ¿Qué tiene que ver el título del cuenta con la trama?

6. ¿Cuál es el tone del autor que se desprende del relate: de coraje, de ironía, de denuncia, de conformismo o de testimonio?

  1. ¿Cómo se puede interpreter la pregunta al final del cuenta?

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