Tenochtitlán, 13.8.1521 —Es el día uno-serpieníe de un año tres-casa, año nefasto en la interpretación astrológica del calendario azteca. El último reducto de la metrópoli sitiada, en Tlatelolco, la antigua población isleña incorporada a Tenochíitlán y convertida en el gran mercado del imperio, es arrasado por los invasores. El último emperador azteca, Cuauhtémoc, ha sido hecho prisionero por los hombres de una nave española cuando huía en una canoa, en la laguna de Texcoco. Llevado a la presencia de Cortés, dice que ya lo ha hecho todo en defensa de su pueblo, pide al conquistador que le dé muerte con el puñal que lleva en la cintura. Cortés le retendrá como rehén, garantía contra posibles rebeliones futuras. La profecía del nombre parece haberse impuesto sobre la desesperada defensa de la ciudad: Cuauhtémoc, en náhuatl, significa el águila que cae, el sol poniente. La presencia de un águila, según el mito azteca, indicó el sitio donde debía fundarse Tenochtitlán. Han transcurrido veintiún meses desde que Cortés llegó a la capital azteca, trece desde que tuvo que huir en la célebre Noche Triste de los españoles, ochenta y cinco días desde que puso sitio a la ciudad. Un imperio construido en menos de un siglo había sido destruido en menos de tres meses. Si las vacilaciones de Moctezuma, su sometimiento a los extranjeros en quienes veía la encarnación de los dioses, el acatamiento de los aztecas a un emperador convertido en títere de los conquistadores, no bastaron para avasallar al imperio, lo consiguieron en cambio las armas, los buques de Cortés y los cien mil tlaxcaltecas que se unieron a él para combatir contra Tenochíitlán. Poco tiempo después de la llegada de Cortés a Tenochtitlán, en noviembre de 1519, y del espléndido recibimiento de Moctezuma, el emperador se convertía en virtual prisionero del capitán español. Cortés confiaba en coartar de esta manera un posible levantamiento de los aztecas. Convertido en el dueño de la situación, llegó la humillar a Moctezuma públicamente y hasta logro que condenara a muerte a algunos de sus subditos. Pudo mantenerse así algunos meses, en una ciudad de medio millón de habitantes, con el único apoyo de cuatro centenares de españoles y vanos miles de tlaxcaltecas y oíros indios aliados. Ocho meses más tarde, se vieron todos obligados a una trágica retirada. El detonante de la insurrección fue una matanza de nobles aztecas en el templo mayor de la ciudad, mientras estaban celebrando la festividad de Huitzilopochtli. Aguijoneados por Pedro de Alvarado, los hombres de Castilla se lanzaron sobre la concurrencia, acuchillando y degollando a los despavoridos aztecas. El inmediato clamor público señaló el comienzo de la batalla contra los invasores. Atacados con flechas, jabalinas y aun arpones de cazar aves por el pueblo enardecido, se vieron obligados a atrincherarse en los recintos reales con sus aliados indios. Cortés estaba ausente de la ciudad, procurando neutralizar a Panfilo de Narváez, que enviado por el gobernador de Cuba venía a prenderle como rebelde. A su regreso, junto con los hombres de Narváez, que se habían pasado a su bando, Cortés entró en el palacio por los canales que lo comunicaban con el lago. Fue inútil que obligara a Moctezuma a dirigirse al pueblo para que cesara el ataque. Herido de una pedrada por los sitiadores, el emperador murió tres días después. En la noche del 30 de junio de 1520, tras más de un mes de lucha, los españoles y sus aliados emprendieron la huida por la calzada de Tlacopan. Más de ochocientos hombres de Cortés y alrededor de dos millares de tlaxcaltecas y otros indígenas que apoyaban su causa, murieron intentando cruzar el lago. Fue la jornada que los españoles llamaron su Noche Triste.

 

Refugiado en el reino de Tlaxcala, Cortés fue preparando durante once meses el ataque a Tenochtitlán. A finales de mayo de 1521, con un ejército de cien mil tlaxcaltecas y contingentes de otras ciudades enemigas del imperio, Cortés inició el sitio de Tenochtitlán. Mientras la caballería y los infantes atacaban desde las tres calzadas, una ilota de trece bergantines, construidos especialmente para esta acción, asediaba la ciudad desde el lago, procurando impedir a la vez la llegada de suministros. El sucesor de Moctezuma, Cuiüahuac, había sucumbido a la viruela que diezmaba a la población. Cuauhtémoc, el último emperador, había planeado la defensa. Se fabricaron nuevas lanzas para atacar a los caballos, cada casa se convirtió en un fuerte, millares de guerreros llenaban las calles. Con grandes pérdidas, los sitiadores derrumbaban los edificios para facilitar el asalto, cegando los canales que los sitiados despejaban por la noche. Poco después de la incursión final no quedaría piedra sobre piedra.