Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez (1928 ), nacido en Aracataca, Colombia, es con toda probabilidad el prosista hispanoamericano contemporáneo de mayor proyección en el mundo. Lo demuestran la traducción de su obra maestra, la novela Cien años de soledad (1967), a más de veinticinco idiomas y el Premio Nobel de Literatura que le fue otorgado en 1982. Tras malogrados intentos de formarse en derecho y después de una breve carrera de periodista en su país, Garcia Márquez prefirió el exilio a la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. El autodestierro, que le llevó a residir primero en España y luego en México, antes de establecerse definitivamente en Colombia (1983), le ha proporcionado una nueva perspectiva sobre su país y Latinoamérica. Su carrera literaria principió en 1955 con la publicación de La hojorasca. Sus novelas reflejan la influencia de James Joyce, William Faulkner y Virginia Woolf, exhibiendo asimismo rasgos temáticos, ambientes, sucesos y personajes que el autor entretejería más tarde en Cien años de soledad Esta obra, posiblemente la novela hispánica más popular e importante desde Don Quijote, traza simbólicamente la historia de Latinoamérica desde la Conquista. El olor de la guayaba ( 1982) es otra obra que resulta muy valiosa por revelar, mediante una serie de conversaciones, el carácter de García Márquez, su cosmovisión y su pensamiento respecto a la política, la literatura, los derechos humanos y la mujer.
La mujer que llegaba a las seis
La
puerta oscilante se abrió. A esa hora no había nadie
en el restaurante de José. Acababan de dar las seis y el
hombre sabia que sólo a las seis y media empezarían
a llegar los parroquianos1
habituales. Tan conservadora y regular era su clientela, que no
había acabado el reloj de dar la sexta campanada cuando
una mujer entró, como todos los días a esa hora,
y se sentó sin decir nada en la alta silla giratoria. Traía
un cigarrillo sin encender, apretado2
entre los labios.
--Hola
reina--dijo José cuando la vio sentarse. Luego caminó
hacia el otro extremo del mostrador3,
limpiando con un trapo4
seco la superficie vidriada. Siempre que entraba alguien al restaurante
José hacia lo mismo. Hasta con la mujer con quien había
llegado a adquirir un grado de casi intimidad, el gordo y rubicundo
5 mesonero6
representaba su diaria comedia de hombre diligente. Habló
desde el otro extremo del mostrador.
--¿Qué quieres
hoy?--dijo.
--Primero que todo quiero
enseñarte a ser caballero--dijo la mujer. Estaba sentada
al final de la hilera7
de sillas giratorias, de codos8
en el mostrador, con el cigarrillo apagado en los labios. Cuando
habló apretó la boca para que José advirtiera
el cigarrillo sin encender.
--No me había
dado cuenta--dijo José.
--Todavía
no te has dado cuenta de nada--dijo la mujer.
El hombre
dejó el trapo en el mostrador, caminó hacia los
armarios9 oscuros
y olorosos a alquitrán10
y a madera polvorienta, y regresó luego con las cerillas.
11 La mujer se
inclinó para alcanzar la lumbre que ardía entre
las manos rústicas y velludas12
del hombre. José vio el abundante cabello de la mujer,
empavonado13 de
vaselina gruesa y barata. Vio su hombro descubierto, por encima
del corpiño14
floreado. Vio el nacimiento del seno crepuscular, cuando la mujer
levantó la cabeza, ya con la brasa15
en los labios.
--Estás
hermosa hoy, reina--dijo José.
--Déjate
de tonterías--dijo la mujer--. No creas que eso me va a
servir para pagarte.
--No
quise decir eso, reina--dijo José--. Apuesto16
a que hoy te hizo daño el almuerzo.
La mujer
tragó la primera bocanada17
de humo denso, se cruzó de brazos, todavía con los
codos apoyados en el mostrador, y se quedó mirando hacia
la calle, a través del amplio cristal del restaurante.
Tenía una expresión melancólica. De una melancolia
hastiada18 y vulgar.
--Te
voy a preparar un buen bistec--dijo José.
--Todavía
no tengo plata19
--dijo la mujer.
--Hace
tres mesas que no tienes plata y siempre te preparo algo bueno--dijo
José.
--Hoy
es distinto--dijo la mujer, sombriamente, todavía mirando
hacia la calle.
--Todos
los días son iguales--dijo José--. Todos los dias
el reloj marca las seis, entonces entras y dices que tienes un
hambre de perro y entonces yo te preparo algo bueno. La única
diferencia es ésa que hoy no dices que tienes un hambre
de perro, sino que el día es distinto.
--Y es
verdad--dijo la mujer. Se volvió a mirar al hombre que
estaba del otro lado del mostrador, registrando la nevera 20
Estuvo contemplándolo durante dos, tres, segundos. Luego
miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres
minutos. «Es verdad, José. Hoy es distinto»,
dijo. Expulsó el humo y siguió hablando con palabras
cortas, apasionadas: «Hoy no vine a las seis, por eso es
distinto, José » .
El hombre miró el reloj.
--Me
corto el brazo si ese reloj se atrasa un minuto--dijo.
--No
es eso, José. Es que hoy no vine a las seis--dijo la mujer--.
Vine un cuarto para las seis.
--Acaban
de dar las seis, reina--dijo José--. Cuando
tú entraste acababan
de darlas.
--Tengo
un cuarto de hora de estar aquí--dijo la mujer.
José
se dirigió hacia donde ella estaba. Acercó a la
mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba con el índice
de uno de sus párpados.
--Sóplame21
aquí--dijo.
La mujer
echó la cabeza hacia atrás. Estaba seria, fastidiosa,
22 blanda; embellecida23
por una nube de tristeza y cansancio.
--Déjate
de tonterías, José. Tú sabes que hace más
de seis meses que no bebo.
--Eso
se lo vas a decir a otro--dijo--. A mí no. Te apuesto a
que por lo menos se han tomado un litro entre dos.
--Me
tomé dos tragos con un amigo--dijo la mujer.
--Ah;
entonces ahora me explico--dijo José.
--Nada
tienes que explicarte--dijo la mujer--. Tengo un cuarto de hora
de estar aquí.
El hombre
se encogió de hombros. 24
--Bueno,
si así lo quieres, tienes un cuarto de hora de estar aquí.
Después de todo a nadie le importa nada diez minutos más
o diez minutos menos.
--Sí
importan, José--dijo la mujer. Y estiró 25
los brazos por encima del mostrador, sobre la superficie vidriada,
con un aire de negligente abandono. Dijo: «Y no es que yo
lo quiera, es que hace un cuarto de hora que estoy aquí».
Volvió a mirar el reloj y rectificó:
--Qué
digo; ya tengo veinte minutos.
--Está
bien, reina--dijo el hombre--. Un día entero con su noche
te regalaría yo para verte contenta.
Durante
todo este tiempo José había estado moviéndose
detrás del mostrador, removiendo objetos, quitando una
cosa de un lugar para ponerla en otro. Estaba en su papel.
--Quiero
verte contenta--repitió. Se detuvo bruscamente, volviéndose
hacia donde estaba la mujer.
--¿Tú
sabes que te quiero mucho?--dijo.
La mujer
lo miró con frialdad.
--¿Siii...
? ¡Qué descubrimiento, José! ¿Crees que
me quedaría contigo por un millón de pesos?
--No
he querido decir eso, reina--dijo José--. Vuelvo a apostar
a que te hizo daño el almuerzo.
--No
te lo digo por eso--dijo la mujer. Y su voz se volvió menos
indolente26 Es
que ninguna mujer soportaría una carga como la tuya ni
por un millón de pesos.
José
se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a sacudir
el polvo en las botellas del armario. Habló sin volver
la cara.
--Estás
insoportable hoy, reina. Creo que lo mejor es que
te comas el
bistec y te vayas a acostar.
--No
tengo hambre--dijo la mujer. Se quedó mirando otra vez
la calle, viendo los transeúntes turbios27
de la ciudad atardecida. Durante un instante hubo un silencio
turbio en el restaurante. Una quietud interrumpida apenas por
el trasteo28 de
José en el armario. De pronto la mujer dejó de mirar
hacia la calle y habló con la voz apagada, tierna, diferente.
--¿Es
verdad que me quieres, Pepillo?
--Es
verdad--dijo José, en seco sin mirarla.
--¿A
pesar de lo que te dije?--dijo la mujer.
--¿Qué
me dijiste?--dijo José, todavía sin inflexiones
en la voz, todavía sin mirarla.
--Lo
del millón de pesos--dijo la mujer.
--Ya
lo había olvidado--dijo José.
--Entonces,
¿me quieres?--dijo la mujer.
--Sí--dijo
José.
Hubo
una pausa. José siguió moviéndose con la
cara revuelta hacia los armarios, todavía sin mirar a la
mujer. Ella expulsó una nueva bocanada de humo, apoyó
29 el busto contra
el mostrador y luego, con cautela30
y picardía, 31
mordiéndose la lengua antes de decirlo, como si hablara
en puntillas: 32
--¿Aunque
no me acueste contigo?--dijo.
Y sólo
entonces José volvió a mirarla:
--Te
quiero tanto que no me acostaría contigo--dijo. Luego caminó
hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente,
los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante de ella,
mirándola a los ojos. Dijo:
--Te
quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que
se va contigo.
En el
primer instante la mujer pareció perpleja. Después
miró al hombre con atención, con una ondulante expresión
de compasión y burla. Después guardó un breve
silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitósamente.
33
--Estás
celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso!
José
volvió a sonrojarse con una timidez franca, casi desvergonzada,
como le habría ocurrido a un niño a quien le hubieran
revelado de golpe todos los secretos. Dijo:
--Esta
tarde no entiendes nada, reina.
Y se
limpió el sudor con el trapo. Dijo:
--La
mala vida te está embruteciendo. 34
Pero
ahora la mujer había cambiado de expresión. «Entonces
no», dijo. Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño
esplendor en la mirada, a un tiempo acongojada35
y desafiante.
--Entonces,
no estás celoso.
--En
cierto modo, sí--dijo José--. Pero no es como tú
dices.
Se aflojó
el cuello36 y
siguió limpiándose, secándose la garganta
con el trapo.
--¿Entonces?--dijo
la mujer.
--Lo
que pasa es que te quiero tanto que no me gusta
que hagas eso--dijo
José.
--¿Qué?--dijo
la mujer.
--Eso
de irte con un hombre distinto todos los días--dijo José.
--¿Es
verdad que lo matarías para que no se fuera conmigo?--dijo
la mujer.
--Para
que no se fuera, no--dijo José--. Lo mataría porque
se fuera contigo.
--Es
lo mismo--dijo la mujer.
La conversación
había llegado a densidad excitante. La mujer hablaba en
voz baja, suave, fascinada. Tenía la cara casi 37
al rostro saludable y pacífico del hombre,
que permanecía
inmóvil, como hechizado38
por el vapor de las palabras.
--Todo
eso es verdad--dijo José.
--Entonces--dijo
la mujer, y extendió la mano para acariciar39
el áspero brazo del hombre. Con la otra mano arrojó
40 la colilla--.41
Entonces, ¿tú eres capaz de matar a un hombre?
--Por
lo que te dije, sí--dijo José. Y su voz tomó
una acentuación casi dramática.
La mujer
se echó a reír convulsivamente, con una abierta
intención de burla.
--¡Qué
horror&!, José. ¡Qué horror!--dijo, todavía riendo--.
José matando a un hombre. ¡Quién hubiera dicho
que detrás del señor gordo y santurrón, 42
que nunca me cobra, que todos los días me prepara un bistec
y que se distrae hablando conmigo hasta cuando encuentro un hombre,
hay un asesino! ¡Qué horror, José! ¡Me
das miedo!
José
estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación.
Tal vez, cuando la mujer se echó a reír, se sintió
defraudado.
--Estás
borracha, tonta--dijo--. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás
ganas de comer nada.
Pero
la mujer, ahora había dejado de reír y estaba otra
vez seria, pensativa, apoyada en el mostrador. Vio alejarse al
hombre. Lo vio abrir la nevera y cerrarla otra vez, sin extraer
nada de ella. Lo vio moverse después hacia el extremo opuesto
del mostrador. Lo vio frotar43
el vidrio reluciente, como al principio. Entonces la mujer habló
de nuevo, con el tono enternecedor y suave de cuando dijo: ¿Es
verdad que me quieres, Pepillo?
--José--dijo.
El hombre
no la miró.
--¡José!
--Vete
a dormir--dijo José--. Y métete un baño antes
de acostarte para que se te serene la borrachera.
--En
serio, José--dijo la mujer--. No estoy borracha.
--Entonces
te has vuelto bruta--dijo José.
--Ven
acá, tengo que hablar contigo--dijo la mujer.
El hombre
se acercó tambaleando44
entre la complacencia y la desconfianza.
--¡Acércate!
El hombre
volvió a pararse frente a la mujer. Ella se inclinó
hacia adelante, lo asió 45
fuertemente por el cabello, pero con un gesto de evidente ternura.
--Repíteme
lo que me dijiste al principio--dijo.
--¿Qué?--dijo
José. Trataba de mirarla con la cabeza agachada46
asido por el cabello.
--Que
matarías a un hombre que se acostara conmigo--dijo la mujer.
--Mataría
a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es verdad--dijo
José.
La mujer
lo soltó. 47
--¿Entonces
me defenderías si yo lo matara?--dijo, afirmativamente,
empujando con un movimiento de brutal coquetería la enorme
cabeza de cerdo48
de José. El hombre no respondió nada; sonrió.
--Contéstame,
José--dijo la mujer--. ¿Me defenderías si yo
lo matara?
--Eso
depende--dijo José--. Tú sabes que eso no es tan
fácil como decirlo.
--A nadie
le cree más la policía que a ti--dijo la
mujer.
José
sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de
nuevo hacia él, por encima del mostrador.
--Es
verdad, José. Me atrevería a apostar que nunca has
dicho una mentira--dijo.
--No
se saca nada con eso--dijo José.
--Por
lo mismo--dijo la mujer--. La policía lo sabe y te cree
cualquier cosa sin preguntártelo dos veces.
José
se puso a dar golpecitos en el mostrador, frente a ella, sin saber
qué decir. La mujer miró nuevamente hacia la calle.
Miró luego el reloj y modificó el
tono de su voz,
como si tuviera interés en concluir el diálogo antes
de que llegaran los primeros parroquianos.
--¿Por
mí dirías una mentira, José?--dijo--. En
serio.
Y entonces
José se volvió a mirarla, bruscamente, a fondo,
como si una idea tremenda se le hubiera agolpado dentro de la
cabeza. Una idea que entró por un oído, giró
por un momento, vaga, confusa, y salió luego por el otro,
dejando apenas un cálido vestigio de pavor.
--¿En
qué lío te has metido, reina?--dijo José.
Se inclinó hacia adelante, los brazos otra vez cruzados
sobre el mostrador. La mujer sintió el vaho49
fuerte y un poco amoniacal50
de su respiración, que se hacía difícil por
la presión que ejercía el mostrador contra el estómago
del hombre.
--Esto
sí es en serio, reina. ¿En qué lío51
te has metido?--dijo.
La mujer hizo girar la cabeza hacia el otro lado.
--En
nada--dijo--. Sólo estaba hablando por entretenerme.
Luego volvió a mirarlo.
--¿Sabes
que quizás no tengas que matar a nadie?
--Nunca
he pensado matar a nadie--dijo José desconcertado.
--No,
hombre--dijo la mujer--. Digo que a nadie que se acueste conmigo.
--¡Ah!--dijo
José--. Ahora sí que estás hablando claro.
Siempre he creído que no tienes necesidad de andar en esa
vida. Te apuesto a
que si te dejas de eso te doy el bistec más grande todos
los días, sin cobrarte nada.
--Gracias,
José--dijo la mujer--. Pero no es por eso. Es que ya no
podré acostarme con nadie.
--Ya
vuelves a enredar52
las cosas--dijo José. Empezaba a parecer impaciente.
--No
enredo nada--dijo la mujer. Se estiró en el asiento y José
vio sus senos aplanados53
y tristes debajo del corpiño.
--Mañana
me voy y te prometo que no volveré a molestarte nunca.
Te prometo que no volveré a acostarme con nadie.
--¿Y
de dónde te salió esa fiebre?--dijo José.
--Lo
resolví hace un rato--dijo la mujer--. Sólo hace
un momento me di cuenta de que eso es una porquería. 54
José
agarró otra vez el trapo y se puso a frotar el vidrio,
cerca de ella. Habló sin mirarla. Dijo:
--Claro
que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo
que debiste darte cuenta.
--Hace
tiempo me estaba dando cuenta--dijo la mujer--. Pero sólo
hace un rato acabé de convencerme. Les tengo asco a55
los hombres.
José
sonrió. Levantó la cabeza para mirar, todavía
sonriendo, pero la vio concentrada, perpleja, hablando, y con
los hombros levantados; balanceándose en la silla giratoria,
con una expresión taciturna, el rostro dorado por una prematura
harina56 otoñal.
--¿No
te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un
hombre porque después de haber estado con él siente
asco de ése y de todos los que han estado con ella?
--No
hay para qué ir tan lejos--dijo José, conmovido,
con un hilo de lástima en la voz.
--¿Y
si la mujer le dice al hombre que le tiene asco cuando lo ve vistiéndose,
porque se acuerda de que ha estado revolcándose 57
con él toda la tarde y siente que ni el jabón ni
el estropajo58
podrán quitarle su olor?
--Eso
pasa, reina--dijo José, ahora un poco indiferente, frotando
el mostrador--. No hay necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo
que se vaya.
Pero
la mujer seguía hablando y su voz era una corriente uniforme,
suelta, apasionada.
--¿Y
si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja de
vestirse y corre otra vez para donde ella, a besarla otra vez,
a... ?
--Eso
no lo hace ningún hombre decente--dijo José.
--¿Pero,
y si lo hace?--dijo la mujer, con exasperante ansiedad--. ¿
Si el hombre no es decente y lo hace y entonces la mujer siente
que le tiene tanto asco que se puede morir, y sabe que la única
manera de acabar con toda eso es dándole una cuchillada
por debajo?
--Esto
es una barbaridad--dijo José--. Por fortuna no hay hombre
que haga lo que tú dices
--Bueno--dijo
la mujer, ahora completamente exasperada--. ¿Y si lo hace?
Suponte que lo hace.
--De
todos modos no es para tanto--dijo José. Seguía
limpiando el mostrador, sin cambiar de lugar, ahora menos atento
a la conversación.
La mujer
golpeó el vidrio con los nudillos. 59
Se volvió afirmativa, enfática.
--Eres
un salvaje, José--dijo--. No entiendes nada.--Lo agarró
con fuerza por la manga. 60
--Anda, di que sí debía matarlo la mujer.
--Está
bien--dijo José, con un sesgo61
conciliatorio--. Todo será como tú dices.
--¿Eso
no es defensa propia?--dijo la mujer, sacudiéndole por
la manga. José le echó entonces una mirada tibia
y complaciente. «Casi, casi», dijo. Y le guiñó
un ojo, 62 en
un gesto que era al mismo tiempo una comprensión cordial
y un pavoroso63
compromiso de complicidad. Pero la mujer siguió seria;
lo soltó.
--¿Echarías
una mentira para defender a una mujer que haga eso?--dijo.
--Depende--dijo
José.
--¿Depende
de qué?--dijo la mujer.
--Depende
de la mujer--dijo José.
--Suponte
que es una mujer que quieres mucho--dijo la mujer--.
No para estar con ella, ¿sabes?, sino como tú dices
que la quieres mucho.
--Bueno,
como tú quieras, reina--dijo José, laxo, 64
fastidiado.
Otra vez se alejó. Había mirado el reloj. Había
visto que iban a ser las seis y media. Había pensado que
dentro de unos minutos el restaurante empezaría a llenarse
de gente y tal vez por eso se puso a frotar el vidrio con mayor
fuerza, mirando hacia la calle a través del cristal de
la ventana. La mujer permanecía en la silla, silenciosa,
concentrada, mirando con un aire de declinante tristeza los movimientos
del hombre. Viéndolo, como podría ver un hombre
una lámpara que ha empezado a apagarse. De pronto, sin
reaccionar, habló de nuevo, con la voz untuosa de mansedumbre.
65
--¡José!
El hombre
la miró con una ternura densa y triste, como un buey maternal.
No la miró para escucharla, apenas para verla, para saber
que estaba ahí, esperando una mirada que no tenía
por qué ser de protección o de solidaridad. Apenas
una mirada de juguete.
--Te
dije que mañana me voy y no me has dicho nada--dijo la
mujer.
--Si--dijo
José--. Lo que no me has dicho es para donde.
--Por
ahí--dijo la mujer--. Para donde no haya hombres que quieran
acostarse con una.
José volvió a
sonreir.
--¿En
serio te vas?--preguntó, como dándose cuenta de
la vida, modificando repentinamente66
la expresión del rostro.
--Eso
depende de ti--dijo la mujer--. Si sabes decir a qué hora
vine, mañana me iré y nunca más me pondré
en estas cosas. ¿Te gusta eso?
José
hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y concreto.
La mujer se inclinó hacia donde él estaba.
--Si
algún día vuelvo por aquí, me pondré
celosa cuando encuentre otra mujer hablando contigo, a esta hora
y en esa misma silla.
--Si
vuelves por aquí debes traerme algo--dijo José.
--Te
prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, 67
para traértelo--dijo la mujer.
José
sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía
entre él y la mujer, como si estuviera limpiando un cristal
invisible. La mujer también sonrió, ahora con un
gesto de cordialidad y coquetería. Luego el hombre se alejó,
frotando el vidrio hacia el otro extremo del mostrador.
--¿Qué?--dijo
José, sin mirarla.
--¿Verdad
que a cualquiera que te pregunta a qué hora vine le dirás
que a un cuarto para las seis?--dijo la mujer.
--¿Para
qué?--dijo José, todavía sin mirarla y ahora
como si apenas la hubiera oído.
--Eso
no importa--dijo la mujer--. La cosa es que lo hagas.
José
vio entonces al primer parroquiano que penetró por la puerta
oscilante y caminó hasta una mesa del rincón. Miró
el reloj. Eran las seis y media en punta.
--Está
bien, reina--dijo distraídamente--. Como tú quieras.
Siempre hago las cosas como tú quieras.
--Bueno--dijo
la mujer--. Entonces, prepárame el bistec.
El hombre
se dirigió a la nevera, sacó un plato con carne
y lo dejó en la mesa. Luego encendió la estufa.
68
--Te
voy a preparar un buen bistec de despedida, reina--dijo.
--Gracias,
Pepillo--dijo la mujer.
Se quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido
en un submundo extraño, poblado de formas
turbias, desconocidas.
No se oyó, del otro lado del mostrador, el ruido que hizo
la carne fresca al caer en la manteca 69
hirviente. 70
No oyó, después, la crepitación 71
seca y burbujeante72
cuando José dio vuelta al lomillo73
en el caldero74
y el olor suculento de la carne sazonada fue saturando, a espacios
medidos, el aire del restaurante. Se quedó así,
concentrada, reconcentrada hasta cuando volvió a levantar
la cabeza, pestañeando, 75
como si regresara de una muerte momentánea. Entonces vio
al hombre que estaba junto a la estufa, iluminado por el alegre
fuego ascendente.
--Pepillo.
--Ah.
--¿En
qué piensas?--dijo la mujer.
--Estaba
pensando si podrás encontrar en alguna parte el osito de
cuerda--dijo José.
--Claro
que sí--dijo la mujer. Pero lo que quiero que me digas
es si me darás toda lo que te pidiera de despedida.
José la miró desde la estufa.
--¿Hasta
cuándo te lo voy a decir?--dijo--. ¿Quieres algo más
que el mejor bistec?
--Sí--dijo
la mujer.
--¿Qué?--dijo
José.
--Quiero
otro cuarto de hora.
José echó el cuerpo hacia atrás, para mirar
el reloj. Miró luego al parroquiano que seguía silencioso,
aguardando en el rincón, y finalmente a la carne, dorada
en el caldero. Sólo entonces habló.
--En
serio que no entiendo, reina--dijo.
--No
seas tonto, José dijo la mujer--. Acuérdate que
estoy aquí desde las cinco y media.
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Cuestionario
1. ¿A qué hora entra la mujer en el restaurante?
2. ¿Quién está allí? ¿Qué
está haciendo?
3. ¿Qué tipo de mujer es la que entra en el restaurante?
4. Según el hombre, ¿cuál es la rutina diaria
de la mujer?
5. Según la mujer, ¿por qué es distinto aquel
día?
6. ¿Cuál es el favor que le pide la mujer al hombre?
¿Cómo reacciona éste?
7. ¿Por qué tendrá la mujer planes para marcharse
al día siguiente?
8. En la parte final, la mujer le pide al hombre otro favor. ¿Qué
es lo que le pide?
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Identificaciones
1. Pepillo
2. Las seis de la tarde
3. «reina»
4. el osito de cuerda
5. «algo más que el major bistec »
Temas
1. La importancia del tiempo en «La mujer que llegaba a las
seis».
2. La caracterización de los personajes en el cuento.
3. Las estratagemas de la mujer.
4. Los «misterios» del cuento.
5. Una interpretación de la parte final del cuento.
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